lunes, 7 de mayo de 2012

Adiós Malevo. Tregua invisible.

No pude llorar.
No pude besarte, no pude hablarte, me es imposible llorar.
No es hasta que abro una página en blanco, que me tiemblan los labios, entonces sí.
Siempre te escribí.
Cuando estabas, cuando no estabas, cuando me leías, cuando hablabas, cuando apenas respirabas... Siempre te escribí, y vos me escribiste a mi. Con tu hermosa letra, y tus faltas de ortografía, todavía guardo el cuaderno, y tus decenas de cartas...
Entonces te voy a escribir, para que mientras las pienso, se eleven mis palabras, y sepas que son para vos. Para que todos los pañuelos mojados se transformen en recuerdos, y que para las historias de nuestras aventuras no sean olvidadas jamás, que queden escritas, que sean leídas, y que todos sepan que hubo un loco, una vez...
Hay amores que no se pueden explicar, hay elecciones que no se pueden entender, y la locura de haber nacido en esta familia, la enferma y hermosa locura de haber sido quienes fuimos, de haber vivido lo que vivimos, no se puede olvidar.
Hoy no me arrepiento de nada, hoy no cambiaría a un loco por un cuerdo, no cambiaría caballos por autos, tierra por cemento, asado por caviar.
Si me preguntás lo que más recuerdo, no son los primeros tiempos, no son los más difíciles, los duros, los sacados, los encarcelados momentos ni la vorágine de tu ritmo, lo que más recuerdo es ese tranquilo y tímido señor en el que te transformaste al final.
Sonriendo a mi llegada, devorando alfajorcitos, en silencio, apoyada en tu gran hombro... Y tu mirada.
Tu risa.

Tengo en este momento incontables invisibles parados a cada lado de donde estoy, como en un desfile, me miran, en silencio.
Recuerdo las primeras veces que nos vimos en la avenida Rivadavia, donde solías estar. Cuando cruzaba esas puertas de hierro, dejándote adentro, cientos de invisibles se agolpaban por el primer lugar, y uno a uno me iban clavando puñales, en todo el cuerpo, y en las seis cuadras que me separaban de primera junta, me veían morir, semana tras semana, mes tras mes...
Más de once años han pasado de esas primeras muertes. En once años han venido a torturarme y matarme cada vez que han querido, usándote como excusa y razón, cada vez... Sin poder yo hacer nada, sin defensa, sin revés.
Hoy se paran en silencio.
Visten de blanco, miran el suelo.
Hoy saben que se acabó.
Ya no pueden lastimarme, ya no pueden desangrarme, no hay motivos, no hay excusas, no hay razón.
Respiro el respeto con el que despiden su misión, acepto, sin palabras, su retirada temprana, y la sorpresa en sus rostros por haberlos sobrevivido. Uno a uno se evaporan, ante mis ojos tristes, que seré yo sin ellos? Quién seré a partir de hoy?
Tus invisibles se están yendo con vos.
Mi talón ha sido sumergido por completo y Aquiles ya no soy.

La gente dice que cuando alguien querido muere, no muere porque se queda en tu corazón, te acompaña siempre, te mira del cielo, te cuida, te guía, que se yo.
Siempre me pareció una boludez, una frase hecha, algo de la biblia, de autoayuda, una negación.
Ahora sé exactamente de lo que hablan. Nadie lo explicó bien, nadie lo puso en palabras, y yo no lo haré tampoco, porque no me importa, porque no hace falta.
Acaricié tu cicatriz, la del dedo, no me gustó, estaba muy fría tu mano y es un frío que no había sentido nunca y que nunca voy a olvidar.
No te besé, perdoname, no te toqué el pelo ni te peiné, no te hice cara de ratita, no te dije traka traka, lelu lelu, biri biri, no te abracé ni lloré como es debido, no me amigué con mis enemigos en tu nombre, no perdoné, no recé en la capilla, no te dejé las flores, no te dije adiós.
Solo te dije tres palabras.
Fue lo único que me salió.
"Estuvo bueno igual".
Y en esas tres palabras, sé que sabés, que te agradezco toda esta locura y todos estos perros, te agradezco Gesell y el mar, te agradezco caballos sin monturas, te agradezco la falta de prejuicio, y también la falta de juicio.
Fue un buen vuelo, Loquito.
De Dorrego 326, de Chacabuco, de Jujuy, de la Avenida Santa Fé, del km 104, De Rivadavia, de Dolores, de Devoto, de Independencia, de la Avenida 3, de Terrada y Marcos Sastre, de Pueyrredón y Juncal, de todos esos lugares donde pusiste tus corraleras, a todos aquellos lugares, donde yo pose mies pies, te llevo conmigo Loquito, como te dije siempre, portate bien.

lunes, 9 de abril de 2012

Crónica

Y si duermo todo el día qué?
Y si descanso mi cuerpo durante 14 horas más 6 más 8 más 2 y con los ojos abiertos, veo como una tela invisible de finísimas hebras de araña pegajosa tejidas en el marco de la puerta de este aburrido hotel con pésima conexión a internet, se levanta desde el piso hasta el techo, delicada pero impenetrable, traslúcida pero resistente como las lonas de los bomberos, salvándome la vida, sosteniendo del otro lado a los invisibles,  que intentan cortarlas con sus cuchillos, sus espadas y sus cortaplumas, que intentan dinamitarla como unos ocean's  eleven, furiosos, febriles y frustrados, odiando la calma con la que apoyo la cabeza en el colchón, sin almohada, mirándolos de costado mientras una lágrima recorre mi sien.
No pueden alcanzarme hoy, no podrán pasar la barrera de ninguna manera, hoy no podrán matarme ni lastimarme, hoy son apenas los parásitos del excremento de los pajaritos que comen los piojos del lomo de los rinocerontes. Hoy no son nada. No existen, puedo verlos, se esfuerzan, se cansan, hasta darse por vencidos. Más y más invisibles vendrán, y tratarán de eliminarme para siempre. Pero no hoy, hoy no podrán.
La tela que nos separa en el marco de la puerta abierta fue creada por un enemigo superior. Por el más poderoso de todos, el único capaz de lastimar hasta el extremo y detenerse un segundo antes de la muerte para que la agonía sea tan eterna y cíclica como la vida, dándome tiempo a recuperarme solo para volver a empezar. Este enemigo le gana a todos los enemigos, este villano no es invisible ni figurativo, no es culpable ni es testigo.
Este enemigo es uno mismo.

jueves, 29 de marzo de 2012

Dime a qué le huyes y sabremos quienes eran tus padres.

Buenas Noches a todos los presentes, les agradezco que hayan venido a esta conferencia, les agradezco su atención y su presencia. Cuando termine la exhibición podrán disfrutar de un cóctel y se les entregará el diploma de asistencia. Les solicito que presten atención a la salidas de emergencia de la sala y se les agradecerá que bajen el volumen de sus teléfonos celulares y que tomen fotos sin flash.

No sabría decir cuál de los sentimientos humanos me resulta más terrible. Supongo que si calificáramos todos los matices de las corrientes frías y cálidas que envuelven nuestras entrañas durante las eternas horas de desasosiego, cualquier sentimiento que tuviera que ver con el miedo, caminaría con tranquilidad hacia las semifinales; si en esa instancia lo juntáramos con algunos otros aspirantes a la corona, creo que, el abandono, podría alzar la copa del rey de los sentimientos que pueden arruinar una buena vida.

Esta charla está pensada para todos ustedes, amigos invisibles que ocupan las butacas de atrás y de adelante; que se sientan en los asientos vacíos y les respiran en la nuca a los pobrecitos que ocupan los asientos llenos. Ustedes, implacables invisibles, que se ríen de nuestras convenciones y nuestras poesías, ustedes que esperan que salgamos desprevenidos pensando en el ragout de hongos para clavarnos un abrecartas en las encías.

El miedo al abandono me persigue a cada paso.
El miedo al abandono existe y convive, habla, aparece, trabaja, cocina, duerme, coge, pasea, ríe, y crece, conmigo.
No lo inventé yo, a mí me lo dieron. Cuando lo conocí ya caminaba y sabía exactamente qué quería ser cuando fuera grande. Yo pensé que era un perrito abandonado y me lo llevé a casa, pero después de hacerle un arroz con manteca y sacarle las garrapatas, resultó que él era el dueño de los escalofríos y de los sueños que mojan almohadas, resultó poderoso y absoluto, magnánimo, cariñoso y seductor.
Me encuentro hablando sin leer mis notas, ya no puedo recordar el discurso que tenía preparado antes de venir. Los noto atónitos y concentrados. Acaso les suena?
Les pregunto a que le temen y nadie contesta.
Son tímidos o pudorosos, o no saben por donde empezar?
Pienso que los invisibles les han metido las servilletas de tela en la boca, los han atado de pies y manos, los han logrado callar.
Entonces sigo. Sé que me tienen marcada y esperan el momento justo para volverme a atacar.

El miedo al abandono no me deja estar sola ni un minuto de mi vida sin darme cuenta de que lo estoy. El miedo al abandono no me permite hacer vínculos sin pensar que pasaría si se terminaran en contra de mi voluntad. El miedo al abandono me encuentra inventando teorías acerca de los motivos por los que me encuentro tan bien con el único fin de distraerme de lo mal que estoy en realidad.
El miedo al abandono me hace abrazar a la gente hasta ahogarla, me hace amarla, cuidarla, necesitarla y venerarla... justo hasta el preciso momento en que la mente ENTIENDE que se ha enamorado de verdad, un segundo después de eso, el miedo al abandono se encargará de destruir toda tranquilidad, y emprenderá la ruta hacia el egocéntrico camino de no equivocarse jamás. "Me abandonará, me abandonará, me abandonará" por lo tanto si yo lo hago antes entonces no me dolerá.

Claro.

Decidimos entonces, mi amigo y yo, que el hombre en cuestión me dejará de querer. Razón por la cuál, actuando en consecuencia, buscaremos la manera de que el impacto sea el menor posible y nos iremos haciendo la idea de que todo se va a acabar.
El tipo me VA a abandonar. Está claro, no quedan dudas, no hay más que hablar, para qué consultarlo con él, para qué decírselo, para qué negarlo si ESTA es la pura verdad.
Y dicho esto, sin hacer partícipe de nada al futuro abandonador, entonces lo abandonamos.

Y así es como nos hemos transformado en nuestros miedos.
La sala estalla en aplausos, las cadenas invisibles caen, la gente está de pie, la gente aúlla, la gente enloquece.
Agredezco a todos nuevamente y junto mis papelitos y me voy.
No me quedo al cóctel, no.
Me voy con mis invisibles caminando por Carlos Calvo, mirando a la gente levantar la mesa por las ventanas del primer piso de un edificio donde al lado, todas las mañanas canta un gallo. Un señor tiene un gallo en capital, se me llenan los ojos de lágrimas, un señor tiene un gallo en capital. Todos los días cuando paseo la perra lo escucho cantar, un gallo en capital.
Me siento en el descanso de un edificio que están arreglando, y pienso que me gustaría vivir acá. Miro la terraza del gallo y no lo escucho cantar, pienso "No son horas, no son horas de cantar".
En el cóctel deben estar entregando los diplomas que guardarán en sus cajones, los diplomas que les mostrarán a los amigos con los que recitan las claves del buen vivir.
Y yo no quiero esos diplomas, ni esas cazuelas de risotto, no quiero ese champagne servido por gente que no quiere estar sirviéndole a otra gente porque quiere estar en su casa durmiendo. No quiero que este grupo boy scout de invisibles espere a que cruce la calle para patearme el estómago. Pero lo hacen.

No puedo verlos, no es justo. Digo antes de caer. Me golpean todas las partes del cuerpo, me empujan, me tiran, me cortan, me abren.

Escupo mis dientes llenos de sangre, cierro mis ojos, estoy sola otra vez.
Pienso en el gallo de Virrey Cevallos, pienso en pasar a buscar el acolchado y ver a la china de la tintorería una vez más.
Esa señora es la única que sabe lo que es vivir. Con su mirada felíz, su español graciosísimo, sus preguntas incomprensibles, su amor, todo su amor.
Esa señora me ha enseñado más en un beso a través de la reja, que muchas miles de noches rompiéndome la cabeza. En la bicisenda quedé tirada, de la mano que va a San Juan, un tipo toca el tring-tring de su bici y me arrastro hacia el cordón para dejarlo pasar.
Se han ido.
No me han robado, no me han violado, no me han sacado el reloj. No uso el de agujitas, uso el otro, el que va en el útero, el de los óvulos.
Me acuesto boca arriba en las baldosas partidas, sangro, lloro, me desangro. Heme aquí una vez más.
Más sola que mal acompañada, más vencida, más sabia, más inútil, más tarada.
Pienso en prender fuego los diplomas caretas que habilitan a la gente a hablar de los sentimientos de los demás.
No hay más que lo que uno percibe, no hay psicólogos, no hay padres, no hay universidad.
No hay más que este cristal borroso, esa es la única verdad.


Pienso en los triunfos, los miedos, en todo este amor,
de qué servirá que todo sea tan invisible,
tan imposible,
miro el cielo con la cabeza apoyada en Virrey Cevallos,
veo el primer rayo de sol,
escupo mis dientes,
y escucho cantar a un gallo.

miércoles, 14 de marzo de 2012

Sin final (sin corregir)

Desde que me mordió el perro, hará tres días, no volví a lavar los platos. De hecho, no hice nada más que comer y dejar todo arriba de la mesada.
Podría quedar todo ahí si no fuera porque hoy vienen a ver el departamento para alquilarlo y tengo que poner un poco de orden. El asunto es que justo la mano derecha es la que tengo jodida y me duele bastante, encima con el vendaje, que no se puede mojar, estoy hecho un inútil.
Abrí la canilla con la izquierda; se ve que la abrí demasiado porque el chorro de agua rebotó en la pila de platos y me mojó la remera, corrió por la mesada y me empapó el piso.
Es increíble como uno no se da cuenta de la suerte que tiene de tener dos manos para hacer las cosas de todos los días.
Cerré la canilla y tiré un repasador en el piso, lo moví con la media de un lado a otro para que absorbiera un poco y lo pateé a un costado cuando sentí los dedos mojados.
Justo cuando volví a abrir la canilla, me dí cuenta de que no se puede sostener un plato y una esponja en la misma mano, así que apoyé el plato en la mesada y lo froté mientras lo veía girar sobre su eje. Cerré el agua, pensé en llamar a la inmobiliaria y cancelar pero, era demasiado tarde. Me quedaba media hora para que llegaran, así que volví a la canilla y lavé un plato por minuto.
Mientras luchaba con las cucharitas, eso sí que no fue fácil, sentí puntadas en la mano derecha. El problema era que, aún cuando creía estar haciendo todo con la izquierda, la derecha se movía sola. No sola, claro está, la movía yo, pero de manera involuntaria. Es como si desde su inútil lugar, escondida detrás de todos los puntos, las vendas de tela, las elásticas y el pañuelo que la sostenían contra el pecho, me estuviera tratando de ayudar a lavar y entonces, sin querer, hacía los movimientos de lavado de las cucharitas. Lavar, fue un problema.
Terminé con todo y me fui a hacer la cama, las sábanas estaban salidas del colchón en las esquinas así que tuve que ayudar con los dientes para que llegaran a ajustarse. Saqué la basura, sosteniendo entre las piernas la bolsa para cerrarla. Barrí toda la casa, y al ser incapaz de levantar el montoncito con la pala, lo dejé en un rincón escondido detrás de la escoba.
Cuando terminé con todo, la mano me latía terriblemente. Maldita mano independiente que no puede descansar.
Me quedaban diez minutos cuando empecé a sentir algo raro en los puntos, me tiraban como cuando recién me habían cosido. Pensé en sacarme las vendas y mirar si había algo que estuviera infectado, pero cómo me iba a dar cuenta si no vi una infección en mi vida.
Desaté el pañuelo de mi cuello y aflojé un poco la venda elástica, dejando a la mano con menos presión. El alivio fue instantáneo, pero, inmediatamente, la mano se apoyó con rapidez en el piso, haciéndome perder el equilibrio y dejándome tirado.
Traté de levantarla pero ya no me respondía. Se movía con mucha velocidad, por su cuenta, sin hacerle caso al resto de mi cuerpo y arrastrándolo con una fuerza animal.
Fui testigo de como mi mano paseó por todo el departamento, apoyando con mucha destreza los dedos, por debajo del vendaje, como si cada uno fuera una pata.
El dolor había desaparecido pero, el hecho de que la mano estuviera inspeccionando los rincones y llevándome con ella contra mi voluntad, resultaba mucho más preocupante.
En cinco minutos, la mano me desarmó la cama, hizo volar las sábanas y el acolchado y aunque traté de levantarlas con la izquierda, sólo conseguí que la derecha tirara más fuerte y me arrastrara hacia la cocina. Me rompió todos los platos, las tazas, los vasos... todo. Justo cuando sostenía por encima de mi cabeza la maceta, sonó el teléfono.
La noté dudosa pero, finalmente, apoyó la maceta y atendió.
Dije Hola.
Era la dueña del perro. Me preguntó cómo tenía la mano y me aseguró que el examen de rabia había dado negativo. Yo sabía que estaba preocupada porque, de ser positivo, había que sacrificar al perro; y aunque en un principio le había dicho que yo era amante de los animales, que la perdonaba por la mordida y todas las pavadas que recité porque estaba buena, la verdad era que, en ese precisomomento, quería sacrificar al perro.
Así que para no ser muy descortés, le expliqué que estaba ocupado y que si le parecía bien, hablábamos en otro momento. Antes de que ella pudiera contestarme, el teléfono salió volando de mi oreja para estrellarse contra la pared, estallando en el piso.
Miré a la mano y la noté desafiante. Latía, nerviosa, casi podía escucharla respirar.
Sentí como ella me observaba detrás de su disfraz de falsa discapacitada, analizándome, tomándome el tiempo desde la impunidad de su escondite.
Muy despacio, acerqué la mano izquierda a mi muñeca derecha rozando, suavemente, las banditas elásticas color carne que mantenían unidos los bordes del vendaje.
Las desenganché con cuidado y sentí como, al aflojarse, la mano temblaba de manera casi imperceptible.
Desenrollé la venda, muy lentamente, hasta dar la última vuelta; viéndola caer al suelo.
Mi brazo izquierdo, se relajó al costado de mi cuerpo y ahí quedamos ella y yo, percibiéndonos bajo una tensa calma.
Me senté en el sillón y el panorama era desastroso, la casa estaba destruida; pedazos de objetos rotos tirados en el piso, bolsas de basura abiertas, suciedad, desorden, todo regado por el suelo.
Tiré la cabeza hacia atrás apoyándola en el almohadón y cerré los ojos, pensando en cómo arreglármelas con la inmobiliaria.
La mano me bajó el cierre del pantalón.
Levanté la cabeza en un movimiento rápido y con la izquierda la tomé, fuertemente, de la muñeca.
Se deshizo de mí tan fácilmente que supe que era inútil volver a intentarlo. La miré implorándole que se detuviera.
Ante mis ojos sorprendidos y desorbitados, hábilmente, se escurrió por entre la abertura de algodón, provocándome un escalofrío.
Con la lealtad de mi mano izquierda intenté, por última vez, persuadir  a su intransigente compañera de soltarme. Me apretó con fuerza y entendí que me convenía no intervenir.
Manejó mi erección como una mano ajena, como si jamás lo hubiera hecho antes, como lo haría una profesional. Me estremecí al pensar que una parte de mi propio cuerpo pudiera sentirse como si fuera otra persona. Me relajé y empecé a disfrutar, pero justo en el momento en el que lográbamos un entendimiento completo, la mano se detuvo. Abrí los ojos y la miré fijo, mientras con el dedo índice y el mayor caminaba por encima de mi pelvis, lentamente.
Recorrió mi pecho muy despacio y se detuvo, estática, en frente de mi cara, dudó un segundo y luego me abofeteó. Ofendidísimo, me subí el cierre del pantalón y me paré, ella colgaba del brazo, agotada.
Sonó el portero eléctrico, la gente de la inmobiliaria había llegado.
En el minuto que tardaron en subir, guardé, con las dos manos, todo lo que pude en el placard y barrí los platos rotos de la cocina. Les abrí la puerta de arriba y transpiré cada minuto que pasaron dentro, mirando con desaprobación mi “sucia” manera de vivir.
Cuando finalmente se fueron, me tiré en la cama tratando de entender qué era lo que había pasado. Todo parecía haber vuelto a la normalidad, mis dos manos eran mías y, aparentemente, ya no tendría problemas para volver a controlar sus actos; de todas maneras, debía ver a un médico para sacarme las dudas.

Me estaba quedando dormido cuando en un rápido movimiento que no pude anticipar, me tomó del cuello y empezó a apretar. Luché con mi mano izquierda para soltar los dedos que me cortaban la respiración, pero no pude hacer nada. Sólo me soltó cuando creí que estaba por desmayarme.
Ya no quería mirarla, tenía que salir de casa y no quedarme solo con ella. Busqué las llaves pero por más fuerte que las sujetara con la izquierda la mano se las sacaba como un calesitero profesional y las tiraba por encima de mi cabeza haciéndolas caer lejos de mi vista. Yo, como un buen perro obediente, las buscaba con la izquierda, y vuelta a empezar. Me llevó más de media hora salir de casa. Una vez en el ascensor, hablando del clima con la vecina del sexto, comprendí que se comportaba normalmente cuando estaba en sociedad, así que fui a ver a mi mejor amigo; no había manera de que hablara de esto con un médico. Al principio pensó que le estaba haciendo una broma y no me creyó; después de rió de mí y me abrazó festejándome la ocurrencia; más tarde se preocupó por mi salud mental. A mi poco me importaba su apoyo, solo necesitaba su compañía para poder descansar un poco, pero después de varias horas, cuando se hizo de noche, tuve que volver a casa.
Nervioso, abrí la puerta como si el mismísimo demonio habitara ese departamento. Encendí la luz y fui a la cocina a prepararme la comida. Puse la olla al fuego y busqué en la pila, algún plato sano. Claramente, los movimientos voluntarios y rutinarios de mis dos manos en sincronización me tenían casi hipnotizado, porque por más preocupado que estaba, en realidad no me daba cuenta de que, en cualquier momento, podía despertarse el caos otra vez.
Comí en paz. Miré la tele, cambié de canales, levanté la mesa. Me alivió pensar que todo podría haber terminado y me sonreí de costado, sintiéndome casi un privilegiado por haber vivido algo tan intenso y fuera de lo común. Fui al baño, me lavé los dientes, enjuagué el cepillo y lo dejé en su vasito. Mientras apagaba la luz del baño empecé a sentir que el corazón me empezaba a latir muy rápido, con muchísima fuerza, casi podía verlo a través de la ropa… supe qué era lo que estaba pasando.
Se levantó y me abrió la boca, metió los dedos tan adentro que empecé a tener arcadas. Como siempre, mi mano izquierda  vino al rescate, pero pobrecita, no tuvo nada que hacer; la derecha repitió la maniobra unas cuatro o cinco veces y se corrió en el momento justo para no ser manchada por el ascendente guiso de humanidades que salió por mi boca y, por desgracia, también por mi nariz.
Vomité durante diez minutos y, cuando no tuve más fuerzas, me senté a llorar desconsolado en el inodoro, mientras la muy hija de puta me acariciaba el pelo como una madre consolando a su nene enfermo. Sin dejarla pensar ni reaccionar, me levanté, fui a la cocina y agarré un cuchillo. Mi furia era tal que, por primera vez, la izquierda parecía tener el control, pelearon ante mis ojos de una manera coreográfica mientras yo esquivaba los cuchillazos con la cabeza. El cuchillo cayó al suelo y me rendí una vez más. ¿Qué pensaba hacer? ¿Cortarla? ¿Cortarme mi propia mano? ¿Amenazarla y cortarle solo el meñique? No tenía sentido. La miré suplicándole una tregua; ella parecía estar de acuerdo así que guardé e cuchillo y me acosté. 
Esa noche dormimos los dos juntos aunque, probablemente, soñamos cosas muy diferentes.


 
Me desperté a las ocho, me levanté y me apuré a vestirme; ella parecía dormir todavía cuando salí de casa.
Opté por tomarme el subte y no tentar al destino intentando manejar.
Llegué a la oficina antes que nadie y me senté en el escritorio, todo estaba prolijamente ordenado, tal cual lo había dejado la tarde anterior, cuando mis diez dedos hacían todas esas pequeñas cosas que mi cerebro les ordenaba.
Fueron llegando mis compañeros y me fui tranquilizando, ya no estaba solo, no había nada que temer. Pasé dos horas cargando datos en la computadora, sin pensar para nada en mi desgracia, cuando las tripas me pidieron un mate en la cocinita. De más está decir dónde terminó la yerba y que casi termino con la bombilla clavada en el ojo. Volví transpirado y nervioso y seguí cargando datos hasta el mediodía, quise parar un segundo para ir al baño pero la idea de terminar regado de fluidos, no era muy tentadora, así que me quedé sentado hasta la hora del almuerzo.
Uno a uno se fueron levantando mis compañeros sin que me diera cuenta, pude notar cuando el último cerró la puerta porque no pude seguir escribiendo. La mano me escribía cosas como PFFFFF!! y TITITITITITITI, salí al patio a fumar un cigarrillo y volví sin cejas.
Agotado, decidí llamar a la dueña del perro. Acordamos encontrarnos en su casa, después de trabajar. La mano parecía estar de acuerdo con el encuentro aunque manifestó no estar conforme con las biromes de la empresa y las arrojó una a una por encima de mi box.
No sabía que decirle. Contarle la verdad era totalmente disparatado, aunque en el punto en el que me encontraba, no tenía mucha opción. Me abrió la puerta con cara de carnero degollado y subimos hasta su casa en silencio. Bajando del ascensor, podía escuchar las garras de la bestia, apoyada en dos patas, rascando la puerta desesperado. Ella me miró y me juró que nunca antes había mordido a nadie y mientras metía la llave en la cerradura me preguntó si quería que lo atara.
Le dije que no, quería ver bien de cerca al responsable de mi calvario. Apenas crucé la puerta, el perro empezó a olfatearme los pies y las piernas, pero apenas unos minutos después, perdió interés y se acostó en un sillón con los ojos cansados.
Me encontraba desconcertado. 
¿Qué esperaba acaso? ¿Quizás que el perro estuviera caminando sobre el techo con la cabeza girando como en el exorcista? ¿Que me comiera la mano y se transformara el perro en una mano gigante y yo en perro? Quizás pensé que iba a haber una conexión interestelar entre el perro y la mano y que juntos le iban a ladrar a la luna…
Pero nada ocurrió, el perro era perro nomás y lo único que hacía era dormir mientras su dueña me mostraba certificados de vacunas y me servía té, té y té.
La última taza voló por el aire, estrellándose justo al lado del perro, que abrió sus ojos, levantó sus orejas y de un saltó empezó a ladrar.
La mano lo sujetó del collar de tachas y lo levantó en el aire desoyendo los gritos y las súplicas de su dueña. El perro lloraba asustado y la mano lo sacudía en el aire como si fuera un trapo.
La dueña se me vino encima, tratando de defender a su animal y justo cuando estaba por arañarme la cara, fue que me di cuenta de que estaba completamente jodido. Mi mano izquierda se elevó, lentamente, y con horror en los ojos vi como frenaba a la mujer sosteniéndola del hombro y la clavícula.
Esto era un complot. Rogué porque mis piernas y mi respiración me respondieran para salir corriendo de ese lugar antes de que fuera demasiado tarde. El perro cayó al piso, la dueña lo abrazó, pedí disculpas y salí del departamento mientras escuchaba palabras que se iban haciendo lejanas; juicio!!… puta!... locooo…!! presooo!...


¿Sería esto una metástasis de locura sin fin, que iría convenciendo a todos mis miembros hasta que yo quedara total y completamente destruido?
El asunto había empeorado y muchísimo. Una vez en casa, las opciones de prender fuego a la mano o amputarla, perdieron sentido, ya que solo podía pensar en suicidarme; aunque sabía que ellas no me lo permitirían. La izquierda volvió a sumergirse en el letargo, siendo la derecha la que me buscaba por las noches con fines románticos o ponía excesivas cucharadas de azúcar en mi café mientras yo leía el diario.Claramente, era ella la líder, y era con ella con quien debía negociar, así que decidí darle una lapicera.
Le pregunté, firmemente, qué era lo que quería de mí y esperé durante largos minutos invocándola como un médium. Tomó la lapicera con timidez. Apoyó la punta y se quedó inmóvil durante un largo rato; seguí haciéndole preguntas pero sin acosarla, ya que no quería estropear el pequeño avance. El primer día sólo conseguí que escribiera insultos y dibujara pijitas con huevos, pero de a poco, fue sintiéndose más cómoda y empezó a expresarse. El segundo día hizo circulitos en el papel y escribió muchas veces "Hola, hola, hola".
El tercer día, me pidió libertad. Sin contestar mis preguntas ni explicar el fenómeno de su autonomía, sólo repetía que quería libertad. Noté que comenzaba a ponerse ansiosa al dar por terminada la tregua y empezar nuevamente con los atentados. Día y noche pensé en cómo podía darle libertad. Era imposible atacarla, se defendía con destreza de cualquier intento por reprimirla por lo que, claramente, demostraba que no quería morir.
Una mañana, después de intentar asfixiarme con la almohada, escribió en el aire, en idioma sordomudo, "libertad de acción". ¿Libertad de acción? ¿Qué era lo que quería ella hacer que yo no le permitía? Tampoco me parecía coherente darle luz verde al libre albedrío de mi mano derecha y convertir mi vida en una locura, pero, claramente, tampoco podía dejar que me siguiera atacando.
Sellamos el acuerdo esa misma noche. Volví a disfrutar de los pequeños placeres de la vida como lavarse el pelo con las dos manos y cortarse las uñas de los pies sin temer por la integridad de los dedos. Fui a trabajar relajado pero expectante y finalmente al mediodía mostró su verdadera identidad.
La encontré íntimamente conectada con mis pensamientos; justo en el momento en el que me había cansado de tipear y de ingresar datos irrelevantes, ella desconectó el teclado y se lo presentó a la puerta del jefe haciendo saltar las teclas hacia todos lados. Tuve que fingir un colapso nervioso para que no me echaran y por suerte me mandaron a descansar a casa.
Por la noche, en la cena de cumpleaños de mi mamá, se opuso firmemente a una salsa bolognesa demasiado condimentada y decidió, apenas probarla, apoyar el plato  en el piso en ofrenda al perro. También decidió comprobar la buena recuperación de las tetas recién operadas de mi cuñada y arrancarle un pelo de la nariz, muy molesto por cierto, al marido de una vecina.
Todas mis excusas eran pobres, todo lo que pudiera decir, carecía de sentido. Pedí disculpas y me fui, riendo histéricamente en mi interior. Lo peor de todo era que, claramente, yo estaba disfrutando. Esta situación requería de un análisis muy profundo, ya que no era lo mismo que hacía varias semanas atrás, ahora ella no me atacaba, no me agredía, sino que, por el contrario, parecía defenderme de mi represión. 
Nos encerramos en casa a conocernos más, nos miramos, nos tocamos, nos escribimos y nos encontramos.
Esta Señora Mano podía llevarme al peor de los infiernos, o podía abrirme las puertas del paraíso, así que juntos decidimos experimentar hasta dónde podíamos llegar.
De todo este proceso, una de las cosas que más disfruté fue robar. Hacerse amigo de lo ajeno puede resultar muy satisfactorio cuando uno considera que los comerciantes se están aprovechando de uno con sus desorbitantes precios. Siempre manteniendo la moral intacta, por supuesto, ya que sustraíamos solamente artículos de primera necesidad desde que en la oficina habían prescindido de nuestros servicios. 
Otra de nuestras actividades predilectas, era el cachetazo en la nuca luego que alguien hiciera un mal chiste y encima osara reírse de él. No soportábamos a quienes nos daban vergüenza ajena; y, la verdad, es que casi todos nos daban vergüenza ajena.
Poco a poco, el teléfono dejó de sonar y ya no necesitamos el celular. El auto quedó secuestrado luego de hacer justicia contra el paragolpes de un taxista hijo de puta y las expensas fueron acumulándose debajo de la puerta. La inmobiliaria decidió rescindir el contrato razón por la cuál, mi mano, mi valija y yo, nos sentamos a tomar algo en el bar, durante varias noches seguidas.
Un buen día, ya no alcanzó para los tragos y descubrimos que eso de ofrecerse a lavar los platos es un mito, lo que no fue un mito fue la golpiza del personal de seguridad.
Un poco dolorido, me recosté sobre el pastito. Comimos naranjas y miramos el hermoso cielo en plaza San Martín. Los días los repartimos entre largas siestas a la sombra de los árboles y viajes en tren hacia ningún lado en especial; cuando oscurecía, intentábamos hacernos algún amigo con fueguito.
Durante algunas noches, todo parecía fluir con tranquilidad pero cuando todos empezábamos a oler igual de mal, descubrí que esa gente tampoco me gustaba. Me corrieron a patadas después de comerme la porción de la persona equivocada y decidí caminar hacia las vías del tren.
Me acosté con mucho frío, tapándome con unas mantas mugrosas y gloriosas y apoyando la cabeza en la valija. Me desperté sobresaltada con unas pisadas muy cerca mío. Alguien se acercaba desde atrás y decidí quedarme quieto y hacerme el dormido por si venían a golpearmeDesde que me mordió el perro, hará tres días, no volví a lavar los platos. De hecho, no hice nada más que comer y dejar todo arriba de la mesada.
Podría quedar todo ahí si no fuera porque hoy vienen a ver el departamento para alquilarlo y tengo que poner un poco de orden. El asunto es que justo la mano derecha es la que tengo jodida y me duele bastante, encima con el vendaje, que no se puede mojar, estoy hecho un inútil.
Abrí la canilla con la izquierda; se ve que la abrí demasiado porque el chorro de agua rebotó en la pila de platos y me mojó la remera, corrió por la mesada y me empapó el piso.
Es increíble como uno no se da cuenta de la suerte que tiene de tener dos manos para hacer las cosas de todos los días.
Cerré la canilla y tiré un repasador en el piso, lo moví con la media de un lado a otro para que absorbiera un poco y lo pateé a un costado cuando sentí los dedos mojados.
Justo cuando volví a abrir la canilla, me dí cuenta de que no se puede sostener un plato y una esponja en la misma mano, así que apoyé el plato en la mesada y lo froté mientras lo veía girar sobre su eje. Cerré el agua, pensé en llamar a la inmobiliaria y cancelar pero, era demasiado tarde. Me quedaba media hora para que llegaran, así que volví a la canilla y lavé un plato por minuto.
Mientras luchaba con las cucharitas, eso sí que no fue fácil, sentí puntadas en la mano derecha. El problema era que, aún cuando creía estar haciendo todo con la izquierda, la derecha se movía sola. No sola, claro está, la movía yo, pero de manera involuntaria. Es como si desde su inútil lugar, escondida detrás de todos los puntos, las vendas de tela, las elásticas y el pañuelo que la sostenían contra el pecho, me estuviera tratando de ayudar a lavar y entonces, sin querer, hacía los movimientos de lavado de las cucharitas. Lavar, fue un problema.
Terminé con todo y me fui a hacer la cama, las sábanas estaban salidas del colchón en las esquinas así que tuve que ayudar con los dientes para que llegaran a ajustarse. Saqué la basura, sosteniendo entre las piernas la bolsa para cerrarla. Barrí toda la casa, y al ser incapaz de levantar el montoncito con la pala, lo dejé en un rincón escondido detrás de la escoba.
Cuando terminé con todo, la mano me latía terriblemente. Maldita mano independiente que no puede descansar.
Me quedaban diez minutos cuando empecé a sentir algo raro en los puntos, me tiraban como cuando recién me habían cosido. Pensé en sacarme las vendas y mirar si había algo que estuviera infectado, pero cómo me iba a dar cuenta si no vi una infección en mi vida.
Desaté el pañuelo de mi cuello y aflojé un poco la venda elástica, dejando a la mano con menos presión. El alivio fue instantáneo, pero, inmediatamente, la mano se apoyó con rapidez en el piso, haciéndome perder el equilibrio y dejándome tirado.
Traté de levantarla pero ya no me respondía. Se movía con mucha velocidad, por su cuenta, sin hacerle caso al resto de mi cuerpo y arrastrándolo con una fuerza animal.
Fui testigo de como mi mano paseó por todo el departamento, apoyando con mucha destreza los dedos, por debajo del vendaje, como si cada uno fuera una pata.
El dolor había desaparecido pero, el hecho de que la mano estuviera inspeccionando los rincones y llevándome con ella contra mi voluntad, resultaba mucho más preocupante.
En cinco minutos, la mano me desarmó la cama, hizo volar las sábanas y el acolchado y aunque traté de levantarlas con la izquierda, sólo conseguí que la derecha tirara más fuerte y me arrastrara hacia la cocina. Me rompió todos los platos, las tazas, los vasos... todo. Justo cuando sostenía por encima de mi cabeza la maceta, sonó el teléfono.
La noté dudosa pero, finalmente, apoyó la maceta y atendió.
Dije Hola.
Era la dueña del perro. Me preguntó cómo tenía la mano y me aseguró que el examen de rabia había dado negativo. Yo sabía que estaba preocupada porque, de ser positivo, había que sacrificar al perro; y aunque en un principio le había dicho que yo era amante de los animales, que la perdonaba por la mordida y todas las pavadas que recité porque estaba buena, la verdad era que, en ese precisomomento, quería sacrificar al perro.
Así que para no ser muy descortés, le expliqué que estaba ocupado y que si le parecía bien, hablábamos en otro momento. Antes de que ella pudiera contestarme, el teléfono salió volando de mi oreja para estrellarse contra la pared, estallando en el piso.
Miré a la mano y la noté desafiante. Latía, nerviosa, casi podía escucharla respirar.
Sentí como ella me observaba detrás de su disfraz de falsa discapacitada, analizándome, tomándome el tiempo desde la impunidad de su escondite.
Muy despacio, acerqué la mano izquierda a mi muñeca derecha rozando, suavemente, las banditas elásticas color carne que mantenían unidos los bordes del vendaje.
Las desenganché con cuidado y sentí como, al aflojarse, la mano temblaba de manera casi imperceptible.
Desenrollé la venda, muy lentamente, hasta dar la última vuelta; viéndola caer al suelo.
Mi brazo izquierdo, se relajó al costado de mi cuerpo y ahí quedamos ella y yo, percibiéndonos bajo una tensa calma.
Me senté en el sillón y el panorama era desastroso, la casa estaba destruida; pedazos de objetos rotos tirados en el piso, bolsas de basura abiertas, suciedad, desorden, todo regado por el suelo.
Tiré la cabeza hacia atrás apoyándola en el almohadón y cerré los ojos, pensando en cómo arreglármelas con la inmobiliaria.
La mano me bajó el cierre del pantalón.
Levanté la cabeza en un movimiento rápido y con la izquierda la tomé, fuertemente, de la muñeca.
Se deshizo de mí tan fácilmente que supe que era inútil volver a intentarlo. La miré implorándole que se detuviera.
Ante mis ojos sorprendidos y desorbitados, hábilmente, se escurrió por entre la abertura de algodón, provocándome un escalofrío.
Con la lealtad de mi mano izquierda intenté, por última vez, persuadir  a su intransigente compañera de soltarme. Me apretó con fuerza y entendí que me convenía no intervenir.
Manejó mi erección como una mano ajena, como si jamás lo hubiera hecho antes, como lo haría una profesional. Me estremecí al pensar que una parte de mi propio cuerpo pudiera sentirse como si fuera otra persona. Me relajé y empecé a disfrutar, pero justo en el momento en el que lográbamos un entendimiento completo, la mano se detuvo. Abrí los ojos y la miré fijo, mientras con el dedo índice y el mayor caminaba por encima de mi pelvis, lentamente.
Recorrió mi pecho muy despacio y se detuvo, estática, en frente de mi cara, dudó un segundo y luego me abofeteó. Ofendidísimo, me subí el cierre del pantalón y me paré, ella colgaba del brazo, agotada.
Sonó el portero eléctrico, la gente de la inmobiliaria había llegado.
En el minuto que tardaron en subir, guardé, con las dos manos, todo lo que pude en el placard y barrí los platos rotos de la cocina. Les abrí la puerta de arriba y transpiré cada minuto que pasaron dentro, mirando con desaprobación mi “sucia” manera de vivir.
Cuando finalmente se fueron, me tiré en la cama tratando de entender qué era lo que había pasado. Todo parecía haber vuelto a la normalidad, mis dos manos eran mías y, aparentemente, ya no tendría problemas para volver a controlar sus actos; de todas maneras, debía ver a un médico para sacarme las dudas.

Me estaba quedando dormido cuando en un rápido movimiento que no pude anticipar, me tomó del cuello y empezó a apretar. Luché con mi mano izquierda para soltar los dedos que me cortaban la respiración, pero no pude hacer nada. Sólo me soltó cuando creí que estaba por desmayarme.
Ya no quería mirarla, tenía que salir de casa y no quedarme solo con ella. Busqué las llaves pero por más fuerte que las sujetara con la izquierda la mano se las sacaba como un calesitero profesional y las tiraba por encima de mi cabeza haciéndolas caer lejos de mi vista. Yo, como un buen perro obediente, las buscaba con la izquierda, y vuelta a empezar. Me llevó más de media hora salir de casa. Una vez en el ascensor, hablando del clima con la vecina del sexto, comprendí que se comportaba normalmente cuando estaba en sociedad, así que fui a ver a mi mejor amigo; no había manera de que hablara de esto con un médico. Al principio pensó que le estaba haciendo una broma y no me creyó; después de rió de mí y me abrazó festejándome la ocurrencia; más tarde se preocupó por mi salud mental. A mi poco me importaba su apoyo, solo necesitaba su compañía para poder descansar un poco, pero después de varias horas, cuando se hizo de noche, tuve que volver a casa.
Nervioso, abrí la puerta como si el mismísimo demonio habitara ese departamento. Encendí la luz y fui a la cocina a prepararme la comida. Puse la olla al fuego y busqué en la pila, algún plato sano. Claramente, los movimientos voluntarios y rutinarios de mis dos manos en sincronización me tenían casi hipnotizado, porque por más preocupado que estaba, en realidad no me daba cuenta de que, en cualquier momento, podía despertarse el caos otra vez.
Comí en paz. Miré la tele, cambié de canales, levanté la mesa. Me alivió pensar que todo podría haber terminado y me sonreí de costado, sintiéndome casi un privilegiado por haber vivido algo tan intenso y fuera de lo común. Fui al baño, me lavé los dientes, enjuagué el cepillo y lo dejé en su vasito. Mientras apagaba la luz del baño empecé a sentir que el corazón me empezaba a latir muy rápido, con muchísima fuerza, casi podía verlo a través de la ropa… supe qué era lo que estaba pasando.
Se levantó y me abrió la boca, metió los dedos tan adentro que empecé a tener arcadas. Como siempre, mi mano izquierda  vino al rescate, pero pobrecita, no tuvo nada que hacer; la derecha repitió la maniobra unas cuatro o cinco veces y se corrió en el momento justo para no ser manchada por el ascendente guiso de humanidades que salió por mi boca y, por desgracia, también por mi nariz.
Vomité durante diez minutos y, cuando no tuve más fuerzas, me senté a llorar desconsolado en el inodoro, mientras la muy hija de puta me acariciaba el pelo como una madre consolando a su nene enfermo. Sin dejarla pensar ni reaccionar, me levanté, fui a la cocina y agarré un cuchillo. Mi furia era tal que, por primera vez, la izquierda parecía tener el control, pelearon ante mis ojos de una manera coreográfica mientras yo esquivaba los cuchillazos con la cabeza. El cuchillo cayó al suelo y me rendí una vez más. ¿Qué pensaba hacer? ¿Cortarla? ¿Cortarme mi propia mano? ¿Amenazarla y cortarle solo el meñique? No tenía sentido. La miré suplicándole una tregua; ella parecía estar de acuerdo así que guardé e cuchillo y me acosté. 
Esa noche dormimos los dos juntos aunque, probablemente, soñamos cosas muy diferentes.


 
Me desperté a las ocho, me levanté y me apuré a vestirme; ella parecía dormir todavía cuando salí de casa.
Opté por tomarme el subte y no tentar al destino intentando manejar.
Llegué a la oficina antes que nadie y me senté en el escritorio, todo estaba prolijamente ordenado, tal cual lo había dejado la tarde anterior, cuando mis diez dedos hacían todas esas pequeñas cosas que mi cerebro les ordenaba.
Fueron llegando mis compañeros y me fui tranquilizando, ya no estaba solo, no había nada que temer. Pasé dos horas cargando datos en la computadora, sin pensar para nada en mi desgracia, cuando las tripas me pidieron un mate en la cocinita. De más está decir dónde terminó la yerba y que casi termino con la bombilla clavada en el ojo. Volví transpirado y nervioso y seguí cargando datos hasta el mediodía, quise parar un segundo para ir al baño pero la idea de terminar regado de fluidos, no era muy tentadora, así que me quedé sentado hasta la hora del almuerzo.
Uno a uno se fueron levantando mis compañeros sin que me diera cuenta, pude notar cuando el último cerró la puerta porque no pude seguir escribiendo. La mano me escribía cosas como PFFFFF!! y TITITITITITITI, salí al patio a fumar un cigarrillo y volví sin cejas.
Agotado, decidí llamar a la dueña del perro. Acordamos encontrarnos en su casa, después de trabajar. La mano parecía estar de acuerdo con el encuentro aunque manifestó no estar conforme con las biromes de la empresa y las arrojó una a una por encima de mi box.
No sabía que decirle. Contarle la verdad era totalmente disparatado, aunque en el punto en el que me encontraba, no tenía mucha opción. Me abrió la puerta con cara de carnero degollado y subimos hasta su casa en silencio. Bajando del ascensor, podía escuchar las garras de la bestia, apoyada en dos patas, rascando la puerta desesperado. Ella me miró y me juró que nunca antes había mordido a nadie y mientras metía la llave en la cerradura me preguntó si quería que lo atara.
Le dije que no, quería ver bien de cerca al responsable de mi calvario. Apenas crucé la puerta, el perro empezó a olfatearme los pies y las piernas, pero apenas unos minutos después, perdió interés y se acostó en un sillón con los ojos cansados.
Me encontraba desconcertado. 
¿Qué esperaba acaso? ¿Quizás que el perro estuviera caminando sobre el techo con la cabeza girando como en el exorcista? ¿Que me comiera la mano y se transformara el perro en una mano gigante y yo en perro? Quizás pensé que iba a haber una conexión interestelar entre el perro y la mano y que juntos le iban a ladrar a la luna…
Pero nada ocurrió, el perro era perro nomás y lo único que hacía era dormir mientras su dueña me mostraba certificados de vacunas y me servía té, té y té.
La última taza voló por el aire, estrellándose justo al lado del perro, que abrió sus ojos, levantó sus orejas y de un saltó empezó a ladrar.
La mano lo sujetó del collar de tachas y lo levantó en el aire desoyendo los gritos y las súplicas de su dueña. El perro lloraba asustado y la mano lo sacudía en el aire como si fuera un trapo.
La dueña se me vino encima, tratando de defender a su animal y justo cuando estaba por arañarme la cara, fue que me di cuenta de que estaba completamente jodido. Mi mano izquierda se elevó, lentamente, y con horror en los ojos vi como frenaba a la mujer sosteniéndola del hombro y la clavícula.
Esto era un complot. Rogué porque mis piernas y mi respiración me respondieran para salir corriendo de ese lugar antes de que fuera demasiado tarde. El perro cayó al piso, la dueña lo abrazó, pedí disculpas y salí del departamento mientras escuchaba palabras que se iban haciendo lejanas; juicio!!… puta!... locooo…!! presooo!...


¿Sería esto una metástasis de locura sin fin, que iría convenciendo a todos mis miembros hasta que yo quedara total y completamente destruido?
El asunto había empeorado muchísimo; y una vez en casa, las opciones de prender fuego a la mano o amputarla, perdieron sentido, ya que solo podía pensar en suicidarme; pero sabía que ellas no me lo permitirían. La izquierda volvió a sumergirse en el letargo, siendo la derecha la que me buscaba por las noches con fines románticos o ponía excesivas cucharadas de azúcar en mi café mientras yo leía el diario.Claramente, era ella la líder, y era con ella con quien debía negociar, así que decidí darle una lapicera.
Le pregunté, firmemente, qué era lo que quería de mí y esperé durante largos minutos invocándola como un médium. Tomó la lapicera con timidez. Apoyó la punta y se quedó inmóvil durante un largo rato; seguí haciéndole preguntas pero sin acosarla, ya que no quería estropear el pequeño avance. El primer día sólo conseguí que escribiera insultos y dibujara pijitas con huevos, pero de a poco, fue sintiéndose más cómoda y empezó a expresarse.
El tercer día, me pidió libertad. Sin contestar mis preguntas ni explicar el fenómeno de su autonomía, sólo repetía que quería libertad. Noté que comenzaba a ponerse ansiosa al dar por terminada la tregua y empezar nuevamente con los atentados. Día y noche pensé en cómo podía darle libertad. Era imposible atacarla, se defendía con destreza de cualquier intento por reprimirla por lo que, claramente, demostraba que no quería morir.
Una mañana, después de intentar asfixiarme con la almohada, escribió en el aire, en idioma sordomudo, "libertad de acción". ¿Libertad de acción? ¿Qué era lo que quería ella hacer que yo no le permitía? Tampoco me parecía coherente darle luz verde al libre albedrío de mi mano derecha y convertir mi vida en una locura, pero, claramente, tampoco podía dejar que me siguiera atacando.
Sellamos el acuerdo esa misma noche. Volví a disfrutar de los pequeños placeres de la vida como lavarse el pelo con las dos manos y cortarse las uñas de los pies sin temer por la integridad de los dedos. Fui a trabajar relajado pero expectante y finalmente al mediodía mostró su verdadera identidad.
La encontré íntimamente conectada con mis pensamientos; justo en el momento en el que me había cansado de tipear y de ingresar datos irrelevantes, ella desconectó el teclado y se lo presentó a la puerta del jefe haciendo saltar las teclas hacia todos lados. Tuve que fingir un colapso nervioso para que no me echaran y por suerte me mandaron a descansar a casa.
Por la noche, en la cena de cumpleaños de mi mamá, se opuso firmemente a una salsa bolognesa demasiado condimentada y decidió, apenas probarla, apoyar el plato  en el piso en ofrenda al perro. También decidió comprobar la buena recuperación de las tetas recién operadas de mi cuñada y arrancarle un pelo de la nariz, muy molesto por cierto, al marido de una vecina.
Todas mis excusas eran pobres, todo lo que pudiera decir, carecía de sentido. Pedí disculpas y me fui, riendo histéricamente en mi interior. Lo peor de toda la situación era que, claramente, yo lo estaba disfrutando. Esta situación requería de un análisis muy profundo, ya que no era lo mismo que hacía varias semanas atrás, ahora ella no me atacaba, no me agredía, sino que, por el contrario, parecía defenderme de mi represión. 
Nos encerramos en casa a conocernos más, nos miramos, nos tocamos, nos escribimos y nos encontramos.
Esta señora mano podía llevarme al peor de los infiernos, o podía abrirme las puertas del paraíso. Así que juntos decidimos experimentar hasta dónde podíamos llegar.
De todo este proceso, una de las cosas que más disfruté fue robar. Hacerse amigo de lo ajeno puede resultar muy satisfactorio cuando uno considera que los comerciantes se están aprovechando de uno con sus desorbitantes precios. Siempre manteniendo la moral intacta, por supuesto, ya que sustraíamos solamente artículos de primera necesidad desde que en la oficina habían prescindido de nuestros servicios. 
Otra de nuestras actividades predilectas, era el cachetazo en la nuca luego que alguien hiciera un mal chiste y encima osara reírse de él. No soportábamos a quienes nos daban vergüenza ajena; y, la verdad, es que casi todos nos daban vergüenza ajena.
Poco a poco, el teléfono dejó de sonar y ya no necesitamos el celular. El auto quedó secuestrado luego de hacer justicia contra el paragolpes de un taxista hijo de puta y las expensas fueron acumulándose debajo de la puerta. La inmobiliaria decidió rescindir el contrato razón por la cuál, mi mano, mi valija y yo, nos sentamos a tomar algo en el bar, durante varias noches seguidas.
Un buen día, ya no alcanzó para los tragos y descubrimos que eso de ofrecerse a lavar los platos es un mito, lo que no fue un mito fue la golpiza del personal de seguridad.
Un poco dolorido, me recosté sobre el pastito de la plaza. Comimos naranjas y miramos el hermoso cielo en plaza San Martín. Los días los repartimos entre largas siestas a la sombra de los árboles y viajes en tren hacia ningún lado en especial por las noches intentábamos hacernos algún amigo con fueguito.
Durante algunas noches, todo parecía fluir con tranquilidad pero cuando todos empezábamos a oler igual de mal, descubrí que esa gente tampoco me gustaba. Me corrieron a patadas después de comerme la porción de la persona equivocada y decidí caminar hacia las vías del tren.
Me acosté con mucho frío, tapándome con unas mantas mugrosas y gloriosas y apoyando la cabeza en la valija. Me desperté sobresaltadao con unas pisadas muy cerca mío. Alguien se acercaba desde atrás y decidí quedarme quieto y hacerme el dormido por si venían a golpearme. Una nariz húmeda se pasó por mi cara olfateándome y mojándome la nariz y la boca. Lo aparté y abrí los ojos, encontrándome para mi sorpresa, con el mismo perro que meses atrás me había mordido.
En realidad, no estaba completamente seguro de que fuera el mismo, pero se le parecía muchísimo y tenía el mismo collar de tachas.
Dio unas cuantas vueltas en círculos sobre la manta y se acostó al lado mío. Me quedé mirándolo, por un momento pensé en echarlo, pero la verdad es que me daba bastante calor, así que dormimos hasta el mediodía. Me levanté, doblé las mantas y las guardé en la valija, el perro me seguía adonde fuera, así que nos fuimos a mear entre los trenes. Caminamos hasta la plaza y una vez ahí, nos sentamos en el monumento al lado de los oficinistas que almorzaban al sol. 
El perro se acercó a un grupito que charlaba sin prestarle atención y cagó arriba de la cartera de una chica; después, no solo no se fue sino que se revolcó sobre la cartera y, todo cagado, les saltó encima amigablemente invitándolos a acariciarlo. Ellos huyeron despavoridos dejando la comida y así fue como almorzamos el primer día.
Por la noche probamos una rutina diferente, me tocaba a mí demostrarle que era tan bueno como él y decidí.

ME ESCUCHASTE?

hoy te termino cuento del orto a MI no me vas a ganar.

miércoles, 7 de marzo de 2012

Quise agarrar el cadáver de la pulga.

Tengo la cama llena de animales. Llena de pelos, de babas, de cositas de animales, pedacitos de piedritas, de mugrecitas, de algo.
De golpe tengo fiebre, pienso que será nuevamente algo urinario, lo de siempre... O de la lluvia del otro día que me agarró ahí en la calle sarmiento, que parecía sexy y divertida y terminó en una cagada de frío importantísima y yo metida en un subway deglutiendo un melt esperando que me viniera a rescatar el arca de Noé. Volví a casa hecha una sopa y no tenía agua caliente porque el termotanque estaba pinchado, así que clavé una bata y a la cama con el pelo mojado y los ojos borroneados. Evidentemente esto algo malo me hizo, porque ahora estoy oscilando entre los 38 y los 39, morirse frío, morirse de calor y cagarse en su puta madre.
Algunas pulgas están suicidándose. Ayer todos los animales de la casa recibieron su pipeta del 6 de marzo, y hoy, parece ser que las saltarinas no soportan el veneno en sus cuerpos. Se dejan caer en mi cama y me caminan drogadas por el brazo, noto que no pueden saltar, así que las tomo suavemente entre índice y pulgar y sin aplastarlas, las sostengo un ratito, para finalmente estrellarlas contra la madera de la mesa de luz. Si, soy una asesina. También soy una mugrienta. No, no puedo echarle la culpa a la fiebre porque ahora me bajó, así que acepto que es de pura morbosa. Quise agarrar el cadáver de la pulga y ponerlo en un papelito film de un sanguchito que me había comido pero se me cayó al piso y no lo encontré más.
Ahora siento que miles de pulgas caminan sobre mí, las siento caminar en el cuello, en los brazos. Por momentos me quedo quieta y miro bien de cerca el lugarcito del brazo donde la siento, pero no hay nada. O es una pulga invisible evolucionada hija de re mil puta, o es la venganza del más allá de la fallecida, o es solo una sensación.
También cabe la posibilidad de que el cóctel de drogas para bajar la fiebre sea alucinógeno.
La perra me mira, está tirada al lado de la cama y ya no se rasca. Tiene la cabeza llena del ungüento inmundo que le esparcí ayer, grasoso, brillante, no le gusta. Se levanta y se para en la cama. Me mira con las orejas paradas y le doy un beso en la trompa larga de lápiz, me mira con desdén mientras otro espíritu de pulga me camina por el codo, miro y no hay nada. La perra gira sobre su eje, camina en pequeños círculos buscando acomodar la mantita minúscula que le pongo para que no llene de pelos el acolchado.. Aplasta bien la mantita, que queda inexistente debajo de ella y finalmente, después de la vuelta número 7, se acuesta sobre el acolchado. Ahora creo que tengo piojos, me rasco con fuerza, como en la primaria, con uñas y clavando los dedos en el cuero cabelludo. Piojos no puedo tener, soy grande. Las personas grandes no deberían tener piojos, es una plaga de los chicos.
Miro a ver si veo el cadáver de la pulga camaleónica, no la encuentro, se mimetizó con el piso.

lunes, 27 de febrero de 2012

letras

Extrañamente coincidió mi día libre con este feriado. Salimos a pasear por nuestro barrio, que se llama Monserrat, queremos que sea San Telmo, pero en realidad es bastante Constitución. Fui bendecida con una perra que no hace adentro, anda sin correa, y me espera en la esquina para cruzar. Quizás para cuando la encontré ya estaba muy cagada a palos y por eso es obediente, pero prefiero pensar que es gracias a mi energía asertiva, como diría mi amado César. Me siento con mi nuevo libro en un canterito a la sombra, me como dos medialunas con jamón y queso congeladas que traje ayer del vuelo y leo, leo... Por momentos me distraigo con la hermosa noche que pasé anoche. Para que ustedes puedan comprenderlo, es como si visitaran por una noche el Moulin Rouge, es como prepararle un fernet a Toulouse, ver los diamantes de Satine, ver al Maharaja, al hermoso Christian... todo en este pequeño Molino era una máquina de escribir y muchas sensaciones. Una hermosa mujer niña, rubia, descalza, con apenas una musculosa y una pollerita mínima, se sentó cruzada de piernas, a abrir la boca y dejar salir su música. En ese momento, decidí que iba a llorar toda la noche.
Hace muchos años dejé de tener ídolos, de pronto, tan grande, podría decir vieja también, vuelvo a tenerlos. En un momento, estaba ante ellos. Mis ídolos. No necesito sus pósters en la pared, una foto autografiada o verlos de cerca. Mis ídolos se conviertieron en eso en el momento en el que hicieron todas esas cosas que me encantaría hacer pero no me permito. Escriben, lo leen para los demás, logran risas y lágrimas, se aman, se agradecen, terminan, y siguen viviendo. Creo que no hay nada más que eso, bueno sí, comer, coger, cagar, perritos y gatitos.
Volví a decidir hace unos pocos meses que ya no voy a volver a coquetear con la ficción, me estresa, no me sale. Me esfuerzo demasiado, puedo escuchar los engranajes a fondo, con un resultado de pura mierda que no me interesa en absoluto.
Entro en crisis de nuevo, una y otra vez. Y vuelvo a la pregunta que más me molesta hacerme. Para qué escribir? Cuál es el punto? Para qué perder el tiempo inventando oraciones, comprometiendo palabras entre sí con ánimos de que algún día se casen y jamás vuelvan a separarse? A quién le interesa, salvo a mí? Acaso está mal escribir para uno mismo? Acaso es un fracaso? Tiene sentido el anonimato absoluto de lo que uno considera un gran escrito? O la vergüenza silenciosa del que uno cree que es un horror?
Las pocas veces que tuve la posibilidad de ser leída, me sentí orgullosa como una madre con su hijo siendo reconocido en el colegio. El talento de algo creado por uno, que ya no es de uno, pero que es más propio que ninguna otra cosa en el mundo. Entonces, vuelvo a dudar...
Anoche, esas 7 personas crearon un mundo entero. Un mundo que salió de sus cabezas y de sus bocas, de sus ojos, sus manos, sus muecas. Sus voces... y cada uno al escucharlos, los interpretó de acuerdo a sus anclajes, a sus recuerdos. Algunos habrán entendido, algunos no, algunos habrán estado demasiado borrachos, algunos habrán sentido un antes y un después... algunos que se yo.
Mis ídolos me hicieron recordar que siempre hay alguien que querrá leer, que querrá escuchar. Siempre hay un broken para un unstitched, y siempre encontraremos alguien que nos ame y alguien que nos aborrezca.
Tengo que volver a escribir, eso es lo que pienso cuando los veo. Y aunque escriba varias veces por semana, aunque me desangre y deshidrate cuando lo hago, siempre me voy con la sensación de que no es suficiente, de que puedo hacer más.

miércoles, 15 de febrero de 2012

I would (pinche para escuchar)

You're so quiet
But it doesn't phase me
You're on time
You move so fast, makes me feel lazy

And let's join forces
We've got our guns and horses
I know you've been burned by every fire is a lesson learned

I left my house
I left my clothes
Door wide open
Never knowing
You're so worthy, you are

But I wish I could feel all it for you
I wish I could be it all for you
If I could erase the pain
And maybe you'd feel the same
I'd do it all for you
I would

Let's tie words
'Cause they amount to nothing
Play it down
Pretend you can't take what you've found
But you found me
On a screen you sit permanently

I left my house
I left my clothes
Door wide open
Never knowing
You're so worthy, you are

But I wish I could feel all it for you
I wish I could be it all for you
If I could erase the pain
And maybe you'd feel the same
I'd do it all for you
I would

It's time to come clean
And make sense of everything
It's time that we found out who we are
Cause when I'm standing here in the dark
I see your face in every star

But I wish I could feel all it for you
I wish I could be it all for you
If I could erase the pain
And maybe you'd feel the same
I'd do it all for you
I would
I'd do it all for you, I would

Por qué será?

Si a mi me gusta adele no es porque ganó premios, no entendiste nada.

lunes, 13 de febrero de 2012

OMG

Bajo el volumen de la tele con el dedo índice sobre el botón del control remoto, trato de escuchar el silencio.Nada.
Vuelvo a subir.
Con la mente inmersa en las imágenes sin sentido, estoy segura de que están entrando. Trabé la puerta? No importa. Sé que están adentro, escucho sus pasos. Apago la tele y tiro mi cabeza hacia atrás con los ojos cerrados. Resignación.
Escucho a un invisible llorar.
Me levanto sin calzarme y camino con suspenso hasta el living, no lo veo, pero llora. Me conmueve, me siento donde creo que es "a su lado" y paso mi brazo por detrás de su cabeza. Quiero consolarlo.
De pronto los sollozos se detienen y entiendo que me han timado. El invisible killer club, me ha vuelto a engañar.
No puedo pelear, ya no puedo pelear. Ya ni siquiera les pido mentalmente que se detengan, como solía hacer. La realidad es que quiero morir de una vez por todas, que me terminen, que me ajusticien, que me lleven de aquí.
Miro la casa por última vez antes de que mis ojos se llenen de sangre, miro cada rincón, respiro profundamente su aire, antes de entender que mi vida ha terminado por completo. No tengo pena de mí, claro que no. He luchado con todas mis fuerzas mirando el interior de mi ojo durante más de 16 años, desde la primer visita, hasta el día de hoy. No siento lástima de mi final, no me compadezco de mí. Siento clavarse el cuchillo en algún lugar en el medio de mi cuerpo. No podría precisar cuál, no podría asegurar cuántas veces, no podría aseverar ya nada más. Entonces me tiro hacia atrás, dejando caer mi cabeza de costado en el sillón. Siento mucho calor en las manos, siento la energía de mi sangre fluyendo, cayendo, chorreando. Siento todo, soy ciega, pero aún puedo sentir.
Dos lágrimas caen, una de cada lado, una cae por mi pasado y una cae por todo este amor.
Puedo oler al invisible que acaba de regalarme una última puñalada en el corazón.
Sonrío débilmente, sabiendo que él sí puede verme y por primera vez, puedo hablar.
Sé que estás ahí. Sé que sabés que aunque no te vea puedo olerte, y sé que estás a mi lado, viéndome partir.
Lamento tener que irme, lamento ser tan débil, yo no queria morir.
Durante años, todo lo que hice fue perfeccionarme para resistir... Pero quizás hoy creo que es demasiado, que me gustaría que me dejaran ir. No hablo de escapar, no hablo de huir, más bien necesito un final, una suerte de ventaja por haber sabido combatir.
Puedo sentirte a mi lado, podría tocarte si quisiera, pero elijo no hacerlo, porque me elijo a mí.
Incontables veces me asfixiaste, me apuñalaste, me disparaste. Demasiadas noches me ahogaste, me degollaste, me desangraste. Hoy podría ser una noche más, hoy podría ser otro juego invisible que esperas que desaparezca la mañana siguiente. Pero yo ya no quiero seguir.
Quiero que todos tus amigos invisibles, me chupen la sangre hasta que salga el sol. Quiero que se empachen de mi muerte como si fuera la primera vez, como la quinta, la doceava, la vigésimo novena, la diez mil, la última, la última vez.
El alma que se me ha regalado, no puede morir. Están matándome el cuerpo cada noche para que tenga miedo a la oscuridad, miedo a la soledad, miedo a la verdad. Pero ya ven, mañana seguiré estando aquí. Y así será pasado mañana, y el día después de ese, así será el próximo año y también en Navidad.
No necesito transfusiones para mejorar de sus heridas, no necesito exorcistas para volver a la vida.
No pueden matarme aunque me lastimen, no pueden detener mi manera de amar.
Y podré sufrir hasta el fin de los días, y podré arrepentirme de haber seguido viva, y podré caer mil veces rendida por no haber mirado atrás.
Pero, queridos invisibles, asesinos de tres veces por semana, el secreto jamás lo tendrán.
Podrán cortarme el cuello y ver como me retuerzo, podrán cortar mis venas, mis brazos, mis piernas... Podrán inventar torturas, podrán encerrarme, esperarme, perseguirme, liquidarme...
Yo no puedo verlos, no puedo defenderme. Los invisibles, tan infalibles.
Den vuelta la casa mientras me desvanezco con los ojos aún abiertos, lean mis agendas, abran mis cofres, rompan el colchón y el ventanal.
Los cajones, las contraseñas, busquen dentro del placard.
Mientras muero, me sonrio, adorables invisibles, no hay nada más invisible que mi manera de amar.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Tanzas

Hilos de tanza en los Marcos de las puertas: tretas invisibles para hacerme caer y no dejarme andar el hermoso camino que intento trazar. Ando con tijeras, con botas con espuelas; por ser libre, lo que fuera... Pero a veces no alcanza, caigo de rodillas y se quiebran mis muñecas... Y tu hermoso halo de protección, desaparece.
No se puede demostrar debilidad, no se puede sufrir ni distraerse, no se puede tropezar. Se me han prohibido los recuerdos y los miedos, se me ha obligado a olvidar. Se dice que estoy lejos del futuro, se me recuerda que no he podido avanzar. Me arrojo al piso a observar las tanzas, las toco: están tirantes y son cientas. Me duermo sobre ellas, me cortan, me lastiman. Una noche invisible, una noche del pasado, estoy lejos del futuro. Hoy no es mañana, siempre es hoy.

martes, 18 de octubre de 2011

no sea usté imbécil



No pregunte tonteras. O acaso no recibió jamás una puñalada de un invisible Pero por favor hombre, no se haga el que no entiende, no se haga el nosequé.
Mucho peor se ensañan los invisibles cuando se duda de ellos, cuando se los niega.
Anoche estaba yo acá nomás sentada en mis adoradas banquetas compradas en mercado libre, sentada en una, porque por suerte el tamaño de la carne que rodea mi ano todavía es lo suficientemente circunspecto como para caber en una, cuando unos temas de los illya kuryaki le abrieron la puerta a dos o tres de estos hijos de puta. Claro que ellos le abrieron a los demás, se vé que habían quedado por chat de blackberry o por whatsapp y entraron todos juntos. Mi gatito el villero los advirtió, yo no. Estaba boludizada con el jueguito de angry birds y recién me di cuenta cuando estaba cayendo de la banqueta, una altura promedio de 83 centímetros.
Una vez en el piso se me pateó como a una bolsa de papas. No grité, a mí no me gusta el escándalo con los vecinos, me da mucha vergüenza. En silencio fui observando como un mar de sangre avanzaba por el piso de pinotea hasta mi habitación. La perra me miraba con lástima, los gatos se lamían las patas rojas y se compadecían de mí.
Cuando hubieron terminado, cerré el msn, apagué la música y traté de no resbalarme con mis propios fluídos. Puse la cadena en la puerta escuchando como bajaban con pasos naranjomecánicos y como se burlaban una vez más de mí.
Me lavé los dientes, me puse el mordillo y me acosté.
Soñé con un hada madrina que impiaba mi piso y me lo enceraba.
A la mañana siguiente, la sangre no estaba ahí.

Las mujeres hombres



Cuando tu mujer te diga que ELLA PUEDE y te conteste DEJÁ QUE LO HAGO YO, cuando te recuerde que ELLA PUEDE SOLA y que YO ME ENCARGO, te doy un consejo: AYUDALA.
Es mentira que podemos todo solas. Bah, no es mentira, es como esa frase que dice "que Dios no te dé todo lo que puedas soportar", poder, podemos... pero no está bueno poder tanto; de vez en cuando es muy lindo ser desprotegida y que te maten la cucaracha mientras te encerrás en el baño.

lunes, 17 de octubre de 2011

Ruégame ( pinche para escuchar)


Transformar el dolor en odio
lo único que puedo elegir
no pensar en abandono
dejar de sentir
la pena
las culpas
la falta de todo
lo que se prometió
Del vacío no se habla
no se habla del perdón
del cielo no queda nada
solo el recuerdo
Tiemblan mis hombros
me prohíbo recordar
laten los ojos
morir, dejar, velar
Extinguiendo sonidos
buscando un nuevo lugar
donde no vuelvas a hacer daño
donde te puedas quedar.

viernes, 14 de octubre de 2011

I do

Esta claro que ya no voy a tener excusas para no escribir. Gracias a haberme olvidado la pc en un taxi, y los consejos de muchas personas... Me compre una tabletita y ahora los dedos fluyen.
Veremos como nos llevamos mi iPad y yo.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Invisible social club


Me mataron a Amelie, me mataron a Lila, me mataron a MuffinGirl.
Ahora estoy con los invisibles, estamos armados hasta los dientes, sentados en un sillón; tomando whisky y cocaína imaginaria, poniéndonos furiosos con el mundo e insultándolo a los gritos. Chocamos nuestros vasos, se moja la alfombra, alguno ríe fuerte y yo me preocupo por si quedará la mancha.
Otro me dice que mientras siga preocupándome por cosas de tontita, nunca seré una invisible más. Antes de que termine la frase, le clavo un puñal en el pecho, lo saco y lamo la sangre del filo. Apoyo el cuchillo en la mesa y me tiro hacia atrás en el sillón. Los otros explotan en risas, mientras él sostiene un repasador en la herida, sonriendo en aceptación.
Mataré a quién tenga que matar en mi camino por mi libertad, le digo apoyando con fuerza el vaso después de haberme tomado hasta la última gota.
Me abrazan y me aceptan, soy uno más.
Soy un invisible, tengo un abrigo repleto de cuchillos, hachas, bombas, armas, revólveres, pistolas, nunchakus, espadas, facas, tenedores, manoplas, arcos, flechas, rifles y escopetas.
Ahora saldremos por la Avenida Santa Fé, por Puerto Madero y por Colegiales... ahora iremos matando a todos los que sientan debilidad y amor, a todos los sensibles y los empáticos, a los amantes, a los buenos, a los desinteresados.
Hasta que no quede uno, hasta que estén todos matados.

lunes, 5 de septiembre de 2011

Invisibles me hacen el té


Sin ruido de llaves,
sin medias debajo del colchón
sin radio por la mañana
sin pelos en el jabón.

Aprender de los silencios, del espacio, de la soledad.

Qué tan difícil puede ser dejar de llorar?

viernes, 26 de agosto de 2011


"You lock the door
And throw away the key
There's someone in my head but it's not me"

Le pongo la cadena a la invasión, a la falta de amor, de atención.
Le pongo la cadena a los ojos vendados, a la falta de visión, a la ceguera del corazón.
Del otro lado de la puerta quedan los miedos, y del lado de adentro la preservación.

viernes, 12 de agosto de 2011

Le jour tristes

Díficil escapar de la abducción de la nave. Difícil apagar la antena, desoir el ruido, no contestar, no conectar.
Malditos invisibles.

jueves, 11 de agosto de 2011

Nave madre



Que NADIE, especialmente, mi propia mente, me diga que no lo intenté.
Que no venga un puñado de invisibles con cuchillitos transparentes a echarme en cara que me bajé del barco, que no haya en el aire un sonido abandónico, cobarde o cruel.
Que no se me señale, que no se me recuerde, que no se me olvide, que no, que no, que no.
Respiro con dificultad en la Tierra.
Las canciones nuevas no me dicen nada, no transmiten, no perforan.
Las canciones viejas no suenan más, las busco, las encuentro, me hacen llorar.
Las fotos, los videos, son de otra era. La era del ya no pasará.
Veo el bosque al final de camino de árboles, veo el palacio bien adentro de él.Veo espinas, percibo peligros, pozos, trampas, arenas movedizas. Me quieren comer.
Me escondo abajo de la tierra y pienso qué hacer. Llueve, sale el sol, una tormenta tira varios árboles, granizo, viento, y calma otra vez. Salgo de mi cueva, miro el cielo. A pesar de todo, ahí está. *Es lo único que permanece*
Detrás mío me espera la nave que parte a Saturno, con el check in hecho y las valijas despachadas, todavía pienso si debo subir, si debo volver... Es que el bosque se ve bien, se ve tan bien.
Me sangran los pies, tengo frío, tengo miedo de estar sola. Haber caminado tanto para llegar acá y ahora... desistir?
Saturno me espera, quizás debería volver.

Subo a la nave y reclamo mi equipaje, no necesito mucho, ya no.
Quédense con todo, sólo me pondré algo en los pies.
Con nada que alumbre mi camino, entraré en el bosque.
Y sé que me va a doler.
Escuchar mi nave, perder mis pertenencias, olvidar una vez más.
Me va a doler demasiado... yo lo sé.
Fuimos hechas para recorrer el bosque, fuimos hechas para tapar nuestras heridas y seguir caminando, fuimos hechas para pasar hambre y sueño, para llorar de día y reír de noche, para oler el viento, para volar más alto. Fuimos hechas para que no nos repriman jamás. Yo fui hecha para usar mis ovarios, para enojarme y perdonar, fui hecha de la locura y la pasión, de la libertad y la rebelión, hoy no puedo pedir permiso ni perdón, hoy no puedo frenar mi paso, no puedo escuchar al temor.
Con los borcegos que no te gustan voy a cruzar el bosque, y ellos, qué paradoja, me van a proteger de lo que tenga que pisar, y cuando tenga frío me taparé con los miles de pelos de los animales que albergué en mi sillón, y cuando tenga hambre cientos de muffins vendrán a mí, y cuando llore caerán pañuelos de los aviones que pasen por el cielo, y cuando necesite amor...
no voy a llorar...
cuando necesite amor,
me van a amar.


martes, 9 de agosto de 2011

sick of it all



Estoy TAN harta de todo.

viernes, 5 de agosto de 2011

de 6 kilos

Necesitaría que los gatos se transformaran en chocolates con almendras. Qué antojo feroz.

martes, 26 de julio de 2011

Bird Girl ( pinche para escuchar y prepárese a emocionarse)


I am a bird girl now
I've got my heart
Here in my hands now
I've been searching
For my wings some time
I'm gonna be born
Into soon the sky
'Cause I'm a bird girl
And the bird girls go to heaven
I'm a bird girl
And the bird girls can fly
Bird girls can fly

lunes, 18 de julio de 2011

Invisibles de lluvia


Llueve.
Me desperté y llovía, tenía cosas que hacer y, la verdad, la lluvia no ayudaba.
Arranqué sin bañarme, cosa que me pone bastante de mal humor, sobre todo después de haber estado ayer en el antro ese de Club One con todos los personajes nefastos que te restregan la cebolleta y te arriman el chivo de drogados al pasar. Me acosté sin bañarme, me levanté sin bañarme. Asco.
Salí de reincidencia y me llovía más adentro de la cabeza que afuera.
Y si, escribo, por ende, dramatizo.
Hoy la cabeza me está a punto de estallar. Cuento hasta cien porque sé que todo lo que diga podrá ser usado en mi contra y además, todo lo que brote hoy, puede ser verdad o no, puede ser un invento Saturnino, puede ser una máxima revelación o la pelotudez más grande jamás dicha.
Decidí callarme, voy a callarme hasta que pueda decir algo que pueda sostener. Hoy no puedo sostener nada, tengo dedos de fleco.
Mientras volvía para casa buscando un taxi que no apareció, enfrenté un viento que me dio vuelta el paragüas. OJO, me lo dio vuelta ENTERITO, se desarmó TODO y se le salieron las esterrillitas de metal de los piquitos de plástico. Me explico? Se hizo cajeta. Como es de bastante buena calidad ( lo regalaron en una veterinaria comprando no sé cuántos kilos de comida) lo pude arreglar. Seguí caminando, me metí en una ferretería, compré poxipol, el señor me trató muy bien y me rebajó 50 centavos, me metí en el chino compré 150 de jamón cocido, 150 de queso de máquina y 100 de salame y un pan lactal y una salsa de soja no sé para qué porque no iba con el menú.
Llegué a casa y cuando crucé la puerta empezó "Sleep the clock around" e inmediatamente supe que esta era el tema del repeat one con el que tenía que escribir. Lo puso un invisible, lo sé, pero igual se me doblaron las rodillas y me arrastré hasta la mesita para apoyar las llaves.
Los oí entrar, antes de mí, después de mí, quién sabe; me apuñalaron el estómago para ver como me desangraba lentamente. Apoyé las llaves, me miré al espejo: es admirable mi capacidad de disimular cuando estoy por morir. No se me mueve un músculo mientras recibo un corte en el cuello que a cualquiera le dejaría la cabeza colgando... sólo bajo la mirada, me encuentro con el piso y caen una, dos, tres lágrimas, mientras Sharam se refriega contra mis piernas desesabilizadas y empapadas de lo que solía correr por mis venas.
Me saco el abrigo y lo dejo en la cama, la perra me mira. Suena el teléfono. No puedo más.
Me siento en el sillón y la perra llora. Llora porque yo lloro? Llora porque quiere salir? Le acaricio la cabeza mientras me dejo morir. Los gatos se arriman, olieron el jamón.
Me faltan 4 horas para la resurrección. Tendré que prepararme un rato antes y jugar a disimular. Aparentar disfrutar. Bañarme, eso va a estar bien, pero no todavía. Ahora estoy agonizando y tengo que poner el tema en repeat one.
No me puedo levantar del sillón, así que me dispongo a comer hasta reventar.
Quedan apenas unas fetas en el paquete y lo guardo en la heladera. Me arrastro al repeat one.
Finalmente, los invisibles se quedan del otro lado de la puerta de vidrio y me miran lastimosamente. Me envidian.
Puedo sentir las cosas de una manera tan profunda, puedo morir diez mil veces.
Y seguirán viniendo a matarme, cada vez.
Y saben que lo van a lograr, saben que me voy a morir.
Pero una vez muerta, y agotado el Repeat one; una vez secas las manchas en el piso, una vez escurridos los mocos de la manga...

voy a abrir la ducha,
me voy a acostar,
voy a cerrar los ojos,
y voy a recordar...
podrán matarme mil veces
y mil veces volverme a matar
pero jamás
van a lograr que deje de amar.

Sleep the clock around ( pinche para escuchar)

And the moment will come when composure returns
Put a face on the world, turn your back to the wall
And you walk twenty yards with your head in the air
Down the Liberty Hill, where the fashion brigade
Look with curious eyes on your raggedy way
And for once in your life you've got nothing to say
And could this be the time when somebody will come
To say, "Look at yourself, you're not much use to anyone"

Take a walk in the park, take a valium pill
Read the letter you got from the memory girl
But it takes more than this to make sense of the day
Yeah it takes more than milk to get rid of the taste
And you trusted to this, and you trusted to that
And when you saw it all come, it was waving the flag
Of the United States of Calamity, hey!
After all that you've done, boy, I know you're going to pay

In the morning you come to the ladies' salon
To get all fitted out for The Paperback Throne
But the people are living far away from the place
Where you wanted to help, you're a bit of a waste
And the puzzle will last till somebody will say
"There's a lot to be done while your head is still young"
If you put down your pen, leave your worries behind
Then the moment will come, and the memory will shine

Now the trouble is over, everybody got paid
Everybody is happy, they are glad that they came
Then you go to the place where you've finally found
You can look at yourself sleep the clock around

jueves, 14 de julio de 2011

Mondo difficile


Que venga el inspector de la pantera rosa vestido de jardinero, corte el árbol y quede el árbol y el resto del mundo se vaya bien a la mierda.

En el volcán ( pinche para escuchar)

Me has menospreciado
y no sabes quién soy yo.
Tú me has humillado,
me has dejado hecho un jirón.

¿Qué culpa tengo yo de que
estés haciendo el paripé?
¿Qué culpa tengo yo de que
seas un bicho cruel?

Lo he visto en tus ojos,
en tus gestos y en tu voz.
Te crees que soy bobo
y soy capaz de lo peor.

¿Qué culpa tengo yo de que
estés haciendo el paripé?
¿Qué culpa tengo yo de que
seas un bicho cruel?

En el volcán te arrojaré
hacia un abismo infernal.
Al huracán te empujaré,
los vientos me vengarán.

¿Qué culpa tengo yo de que
te vuelvas loca cada mes?
¿Qué culpa tengo yo de que
seas un bicho cruel?

Mentiras piadosas
que no te las crees ni tú.
Patrañas, quimeras,
fábulas a plena luz.

En el volcán te arrojaré
hacia un abismo infernal.
Al huracán te empujaré,
los vientos me vengarán.

En el volcán te arrojaré
hacia un abismo infernal.
Al huracán te empujaré,
los vientos me vengarán ...

miércoles, 15 de junio de 2011

La mano ( sin terminar)

Desde que me mordió el perro, hará tres días, no volví a lavar los platos. De hecho, no hice nada más que comer y dejar todo arriba de la mesada.
Podría quedar todo ahí sino fuera porque hoy vienen a ver el departamento para alquilarlo y tengo que poner un poco de orden. El asunto es que justo la mano derecha es la que tengo jodida y me duele bastante, encima con el vendaje, que no se puede mojar, estoy hecho un inútil.
Abrí la canilla con la izquierda; se ve que la abrí demasiado porque el chorro de agua rebotó en la pila de platos y me mojó la remera, corrió por la mesada y me empapó el piso.
Es increíble como uno no se da cuenta de la suerte que tiene de tener dos manos para hacer las cosas de todos los días.
Cerré la canilla y tiré un repasador en el piso, lo moví con la media de un lado a otro para que absorviera un poco y lo pateé a un costado cuando sentí los dedos mojados.
Justo cuando volví a abrir la canilla, me dí cuenta de que no se puede sostener un plato y una esponja en la misma mano, así que apoyé el plato en la mesada y lo froté mientras lo veía girar sobre su eje. Cerré el agua, pensé en llamar a la inmobiliaria y cancelar pero, era demasiado tarde. Me quedaba media hora para que llegaran, asñi que volví a la canilla y lavé un plato por minuto.
Mientras luchaba con las cucharitas, eso sí que no fue fácil, sentí puntadas en la mano derecha. El problema es que, aún cuando creo que estoy haciendo todo con la izquierda, la derecha se me mueve sola. No sola, claro está, la muevo yo, pero de manera involuntaria. Es como si desde su inútil lugar, escondida detrás de todos los puntos, las vendas de tela, las elásticas y el pañuelo que la sostiene contra el pecho, me quisiera ayudar a lavar y sin querer, hago los movimientos que acompañan al lavado de las cucharitas. Lavar, fue un problema.
Terminé con todo y me fui a hacer la cama, las sábanas estaban salidas del colchón en las esquinas así que tuve que ayudar con los dientes para que llegaran a ajustarse. Saqué la basura, sosteniendo entre las piernas la bolsa para cerrarla. Barrí toda la casa, y al ser incapaz de levantar el montoncito con la pala, lo dejé en un rincón escondido detrás de la escoba.
Cuando terminé con todo, la mano me latía terriblemente. Maldita mano independiente que no puede descansar.
Me quedaban diez minutos cuando empecé a sentir algo raro en los puntos, me tiraban como cuando recién me habían cosido. Pensé en sacarme las vendas y mirar si había algo que estuviera infectado, pero cómo me iba a dar cuenta si no vi una infección en mi vida.
Desaté el pañuelo de mi cuello y aflojé un poco la venda elástica, dejando a la mano con menos presión. El alivio fue instantáneo, pero, inmediatamente, la mano se apoyó con rapidez en el piso, haciéndome perder el equilibrio y dejándome tirado.
Traté de levantarla pero ya no me respondía. Se movía con mucha velocidad, por su cuenta, sin hacerle caso al resto de mi cuerpo y arrastrándolo con una fuerza animal.
Fui testigo de como mi mano paseó por todo el departamento, apoyando con mucha destreza los dedos, por debajo del vendaje, como si cada uno fuera una pata.
El dolor había desaparecido pero, el hecho de que la mano estuviera inspeccionando los rincones y llevándome con ella contra mi voluntad, resultaba mucho más preocupante.
En cinco minutos, la mano me desarmó la cama, hizo volar las sábanas y el acolchado y aunque traté de levantarlas con la izquierda, sólo conseguí que la derecha tirara más fuerte y me arrastrara hacia la cocina. Me rompió todos los platos, las tazas, los vasos... todo. Justo cuando sostenía por encima de mi cabeza la maceta, sonó el teléfono.
La noté dudosa pero, finalmente, apoyó la maceta y atendió.
Dije Hola.
Era la dueña del perro. Me preguntó cómo tenía la mano y me aseguró que el examen de rabia había dado negativo. Yo sabía que estaba preocupada porque, de ser positivo, habría que sacrificar al perro; y aunque en un principio le había dicho que yo era amante de los animales, que la perdonaba por la mordida y todas las pavadas que recité porque estaba buena, la verdad era que, en ese momento, quería sacrificar al perro.
Así que para no ser muy descortés, le expliqué que estaba ocupado y que si le parecía bien, hablábamos en otro momento. Antes de que ella pudiera contestarme, el teléfono salió volando de mi oreja para estrellarse contra la pared, estallando en el piso.
Miré a la mano y la noté desafiante. Latía, nerviosa, casi podía escucharla respirar.
Sentí como ella me observaba detrás de su disfraz de falsa discapacitada, analizándome, tomándome el tiempo desde la impunidad de su escondite.
Muy despacio, acerqué la mano iquierda a mi muñeca derecha rozando, suavemente, las banditas elásticas color carne que mantenían unidos los bordes del vendaje.
Las desenganché con cuidado y sentí como, al aflojarse, la mano temblaba de manera casi imperceptible.
Desenrollé la venda, muy lentamente, hasta dar la última vuelta; viéndola caer al suelo.
Mi brazo izquierdo, se relajó al costado de mi cuerpo y ahí quedamos ella y yo, percibiéndonos bajo una tensa calma.
Me senté en el sillón y el panorama era desastroso, la casa estaba destruída; pedazos de objetos rotos tirados en el piso, bolsas de basura abiertas, suciedad, desorden, todo regado por el suelo.
Tiré la cabeza hacia atrás apoyándola en el almohadón y cerré los ojos, pensando en cómo arreglármelas con la inmobiliaria.
La mano me bajó el cierre del pantalón.
Levanté la cabeza en un movimiento rápido y con la izquierda la tomé, fuertemente, de la muñeca.
Se deshizo de mí tan fácilmente que supe que era inútil volver a intentarlo. La miré implorándole que se detuviera.
Ante mis ojos sorprendidos y desorbitados, hábilmente, se escurrió por entre la abertura de algodón, provocándome un escalofrío.
Con la lealtad de mi mano izquierda intenté, por última vez, persuadir a su intransigente compañera de soltarme. Me apretó con fuerza y entendí que me convenía no intervenir.
Manejó mi erección como una mano ajena, como si jamás lo hubiera hecho antes, como lo haría una profesional. Me estremecí al pensar que una parte de mi propio cuerpo pudiera sentirse como si fuera otra persona. Me relajé y empecé a disfrutar, pero justo en el momento en el que lográbamos un entendimiento completo, la mano se detuvo. Abrí los ojos y la miré fijo, mientras con el dedo índice y el mayor caminaba por encima de mi pelvis, lentamente.
Recorrió mi pecho se detuvo, estática, en frente de mi cara, dudó un segundo y luego me abofeteó. Ofendidísimo, me subí el cierre del pantalón y me paré, ella colgaba del brazo, agotada.
Sonó el portero eléctrico, la gente de la inmobiliaria había llegado.
En el minuto que tardaron en subir, guardé, con las dos manos, todo lo que pude en el placard

martes, 14 de junio de 2011

ah no...

recién mientras separada cuentitos para llevar al taller, me largué a llorar.
qué pelotuda.

El taller de las pesadillas

estoy arreglando algunos escritos para llevar al taller.
JURO que se me frunce el orto.
Yo sé que escribo para mí y para nadie más.
Yo sé que no debería sentirme insegura con esto.
Pero me tiembla el culo, qué le voy a hacer.
No sé, quizás me apuré, quizás no estaba preparada para volver.
Acá en la tranquilidad del blog me sentía tan bien, tan cómoda.
Ahora estoy jodida porque ya dije que sí y tengo que ir, y no tengo excusas.
Lo que tengo es miedo.
Me vibra todo.
Parece ser que ésto es lo que amo de verdad.
¿Cuánto miedo puede uno tener a lo que ama de verdad?

miércoles, 25 de mayo de 2011

sin uñas

Me comí las uñas para no rasguñarte, para no arañarte, para no lastimarte.

Me comí las uñas porque tenía miedo y estaba a la defensiva,

pero no quería estar rabiosa, no quería ser odiosa.

Me comí las uñas por no defenderme, por no mostrame agresiva,

suicida.

Me comí las uñas por nervios, por inestabilidad, por confusión.

Me comí las uñas por culpa del amor.

Hoy no tengo uñas.

Caminé hacia atrás y ahora puedo ver mejor.

Me miro los dedos, no me los comí de casualidad.

Me tiemblan las manos. Es demasiado para asimilar.

No tengo uñas. No tengo defensa, no tengo protección.

Bajé la guardia, me entregué.

Ay, cómo me equivoqué.

Hoy, sin uñas, no tengo adonde correr.

Estoy en la cueva donde nací.

Pensando, buscando...

buscándome a mí,

Esperando,

rezando,

poder volver a creer

y dejando que mis uñas,

vuelvan a crecer.

.

el muro

las paredes rojas se están derritiendo, todo cae menos el muro que se contruyó en el medio del colchon.
no estoy hecha para estas situaciones, tiendo a huir. Lo sabes porque un dia hui con vos.
Ahora no se adonde ir, porque tengo mucho para perder. Toda la vida soñe con construir ladrillo a ladrillo lo que habiamos conseguido hasta ayer. El palacio, el reinado, la embajada. Pero poco a poco, los ladrillos se movieron creando un muro entre nosotros, uno que quizas no supiste ver. O no quisiste.
Lo patee, lo empuje, lo dinamité.
Pero el muro fue mas fuerte que yo, finalmente, me temblaron los brazos y cai.
Sabes que odio caer, pero cai.
Ahora retrocedo un paso, para poder seguir adelante.
Quién sabe adonde me lleva esto.

lunes, 23 de mayo de 2011

Sky and Sand ( pinche para escuchar)

In the nightime
when the world is at it's rest
you will find me
in the place I know the best
dancin', shoutin'
flyin' to the moon
don't have to worry
'cause I'll be come back soon



And we build up castles
in the sky and in the sand
design our own world
ain't nobody understand
I found myself alive
in the palm of your hand
as long as we are flyin'
All this world ain't got no end



In the daytime
you wil find me by your side
tryin' to do my best
and tryin' to make things right
when it all turns wrong
there's no fault but mine
but it won't hit hard
'cause you let me shine



and we build up castles
in the sky and in the sand
design our own world
ain't nobody understand
I found myself alive
in the palm of your hand
as long as we are flyin'
this world ain't got no end

martes, 17 de mayo de 2011

Promesas rotas


Los anillos han vuelto a girar en Saturno. Sin traje espacial, me acerco para sentir el calor de mi nave madre, pero no desprende calor. Los anillos giran demasiado rápido, provocando cortes en cada parte mía que se acerca. De pronto comprendo de donde salen los invisibles. Tantos años enfrentándome a ellos en cada esquina, cada noche... sin ver sus caras, sin entender el por qué del ataque.
Pero estaba tan claro... ante mis ojos todo el tiempo.
Los invisibles no son sino proyecciones de Saturno, no son sino ataques de autodestrucción.
Al ver sus rostros, me estremezco de miedo. Tanto poder tengo? Cuánto mal puede hacerse uno a sí mismo? La respuesta es inmediata cuando el diálogo es interno. Uno puede provocarse proporcionalmente la misma cantidad de amor que de daño.
Sangro.
Me desangro.
Te miro y te pregunto por qué.
Había construído después de toda esta eternidad, un cerco perfecto alrededor de mi corazón.
Mirame a los ojos y explicame por qué las rejas del cerco avanzaron sin que me diera cuenta y me lo atravesaron de lado a lado.
Explicame por qué no me sirve París, no me sirve Amelie, ni Rocamadour.
No te lo voy a permitir nunca más.
Demasiados años, demasiadas cosas. Y habíamos dicho que nunca más.
Me habías prometido que nunca más.

Rotos los códigos, no me queda otro remedio.
Una vez más, despertaste lo peor de mí.